EDITORIAL

Cuando ya casi se han acallado los comentarios sobre la primera Encíclica del bondadoso Papa Benedicto XVI, queremos volver sobre ella. Porque un mundo tan convulso y violento como el nuestro probablemente esperaba otro tipo de mensaje, cualquier cosa, antes que decirle a este mundo agnóstico y descreído, que “Dios es amor”. A muchos le parecerá hasta una ironía. Y sin embargo, lo que el hombre en su subconsciente espera, y, sobre todo, necesita, es decirle que “Dios lo ama”. Lo creó por amor, lo mantiene en la existencia por amor y lo espera con los brazos abiertos en ese mundo futuro y definitivo.

Es la mejor noticia, pero también la mejor forma de clarificar, ante las acusaciones que se le hacen a la Iglesia católica de que se mete en política, que la misión de la Iglesia sigue siendo la de proclamar el amor de Dios y el amor entre los hombres. Y precisamente es éste el tema de esta carta apostólica. Si queremos paz, que tanto necesitamos, y que acabe el terrorismo, que nos augura un futuro de desastre para la humanidad, la Iglesia tiene que seguir diciendo muy alto y muy claro que Dios nos ama y, a partir de ahí, trabajar por sentirnos todos hermanos, y amarnos con entrega generosa, sin egoísmo. El amor es entrega generosa por el otro, como lo hizo Jesucristo por cada uno de nosotros y como lo han hecho y siguen haciéndolo muchos hombres y mujeres de fe cristiana sincera.

Puede parecernos extraño que un Papa, que se ha movido en la cumbre de la intelectualidad filosófica y teológica, su primera encíclica sea para decirnos que Dios nos ama y que los hombres debemos amarnos. ¿Y qué otra cosa necesitamos más los hombres que se nos recuerde, a fin de que volvamos a la sensatez y a la nobleza con que salimos de las ‘manos’ de Dios? ¿Qué otra cosa necesitamos los hombres de hoy para que cesen las guerras y el terrorismo, que el hombre ame a Dios y a sus semejantes?

Pero Benedicto XVI nos recuerda que cuando dice amor, dice amor de verdad. La palabra ‘amor’ está muy manoseada. “Si por eros se entiende el amor degradado a puro sexo, que se convierte en simple placer egoísta, en mercancía, en simple objeto que se puede comprar y vender”, con esto la persona pierde su dignidad, afirma el Papa. Él habla del agapé, es decir, del amor oblativo, del amor que ama al otro por el otro. “Quien quiere dar amor debe, a su vez, recibirlo como don”. “El amor no es solamente un sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no la totalidad del amor. El amor tiende a la eternidad”. El tema de la carta es actualísimo por su necesidad y por su urgencia.

También hay que agradecerle a Benedicto XVI que la sencillez, la claridad y la belleza sea el tono de esta encíclica.