Relato espeluznante: un médico abortista cuenta su conversión
Era hijo de unos padres muy pobres que, a duras penas, consiguieron que su hijo estudiara la carrera de médico. Su obsesión era conseguir dinero, hacerse rico. Para ello vio que esto podía conseguirlo montando una clínica abortista. Así lo hizo. Un día cayó en su grave error y dijo: “mis manos, que debieron ser bendecidas para la vida, trabajaron para la muerte”.
Pero esto fue capaz de reconocerlo un día que su hija menor, Leticia, de 23 años también acudió a una clínica abortista para deshacerse de su hijo. “Y yo sólo supe de esto cuando ya nada se podía hacer. Al lado del lecho de la muerte de mi hija, vi las lágrimas de todos esos angelitos a los que yo maté. Mientras ella esperaba la muerte, yo agonizaba junto a ella. Fueron seis días de sufrimiento para que, en el séptimo día ella partiese hacia el encuentro con su hijo, al cual un médico asesino le impidió nacer”.
“Cansado por las noches que pasé al lado de mi hija, yo soñé que andaba por un lugar abso-lutamente oscuro y muy húmedo, en que quería respirar, pero no podía. Yo quería salir de allí de-sesperadamente, pero fui en-vuelto por un lugar en donde el estruendo te dejaba atónito. Eran los llantos dolidos de los niños que se clavaban en mi pensa-miento, como si un rayo me cortase por la mitad. Oía llantos de dolor: los de los angelitos que yo no dejé nacer. Esos llantos me gritaban ¡Asesino! ¡Asesino!”.
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Asustado, para salir de aquel lugar, pasé mi mano por mi rostro, ¡y mis manos se mancharon de sangre! Aterrorizado, grité con toda la fuerza que me quedaba una petición de perdón: ¡Dios me perdone! Sólo así logré respirar nuevamente y me acordé que era tiempo de acoger y valorar el último respiro de mi hija, que murió por las consecuencias de la infección que le produjo el aborto. Yo sé eso a través de mi sueño”.
“No sé si Dios algún día me va a perdonar pero, para restar mi pena y mi dolor vendí mi consultorio y todos los bienes que conseguí con la práctica del aborto y con ese dinero construí una casa de amparo para madres solteras, y me dedico hoy a atender y practicar ¡una medicina de verdad! Soy médico de los pobres, de los desamparados y desvalidos.
Mibam, O. Carm.
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