“Todo
amor verdadero madura en la oración, allí se hace
más profundo, más serio, más completo (Juan
Pablo II). Como decía sabiamente también Ronald
Laing en el Congreso celebrado en Barcelona en el año 1993
manifestó: “Sólo la llegada de una gran oleada
de amor puede salvarnos”.
Cuando améis no debéis decir “Dios está
en mi corazón” sino más bien “Yo estoy
en el corazón de Dios, ahí es donde Él lleva
a todos sus hijos”. Las palabras que salen de un corazón
que ama, siempre hacen bien.
Quien ha encontrado su sitio en el Señor, no gira alrededor
de sí mismo, sino que es libre para amar a todos los hermanos,
tiene capacidad para la entrega y se arriesga sin miedos. Fomenta
una conciencia de responsabilidad ante las necesidades de los
hermanos. Y de ahí se deriva el amor, el ágape,
que ahora lo abarca todo, tanto a Dios como a los hombres, es
decir, a toda la creación. El amor es fruto de la fe.
En
el bautismo recibimos la vida divina en plenitud, hijos de Dios
y templos del Espíritu Santo, por eso el cristiano puede
realizar todas las virtudes, porque participa de la naturaleza
divina. Es la fe, ese cimiento sobre el que el cristiano edifica
su vida. De la fe viene la virtud, la eficacia, la fuerza para
poder amar.
El encuentro con ese Dios que nos ama, nuestro dolor, serán
la puerta de entrada del amor salvador y liberador de Dios en
este mundo. Los cristianos mientras de camino peregrinos, debemos
verlo todo en Dios, estando totalmente inmersos en la naturaleza
divina de la que hemos sido hechos partícipes a través
de Cristo. Todo amor está envuelto de dolor.
Amar, entre los humanos, es sufrir cuando las personas a quienes
se ama, sufren. ¿Cabe aplicarlos a Dios? Dios se conmueve
ante la desgracia de su pueblo. ¿Cómo podría
Dios amar sin sufrir? Profundo misterio; la compasión divina
exige sufrir de una forma divina (que no la podemos entender pero
que tiene que ser una realidad). La raíz del sufrimiento
de Dios es la desgracia del hombre, especialmente cuando hay una
ofensa a Dios. Esa ofensa es a la vez el mal del hombre y el origen
de su sufrimiento.
La definición de Dios como Amor (1ª Jn 4,8.16) y un
Amor materno (Is 49,15) implica que Dios tiene entrañas
de misericordia. Juan Pablo II en la Encíclica “Dives
in misericordia” (Rico en misericordia) relaciona las entrañas
divinas con el atributo del amor y de la gracia divina. Una cosa
es cierta: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó
a su Hijo único para que todo el que crea en Él
no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3,16).
Cada vez que experimentamos que el amor no muere, que el amor
es más fuerte que la muerte, redescubrimos que el amor
es vida.
Jesús vive en cada uno de nosotros. Él nos capacita
y estimula a vivir en el amor. No un amor a nuestra medida, sino
a la suya. Y amar a la medida de Cristo significa romper toda
medida, hasta el desbordamiento. Vivir pascualmente es vivir en
el amor.
Sólo el que tiene esa capacidad de comprender a los demás
porque se pone en su lugar, puede compadecerse, perdonar, llenar
la vida de miradas y palabras de consuelo y esperanza, llenar
la agenda de detalles de cariño y cercanía. La capacidad
de amar tiernamente sin dulzonerías. La capacidad de exigirnos
-y exigir- porque amamos.
De interpelar, incomodar, desintalar y luchar... ¡porque
amamos!
Una
Carmelita de clausura