No es necesario
ser pesimista o agorero para darse cuenta de que vivimos
en un mundo roto, lacerado por odios,
violencias, discordias e injusticias. A veces queremos
cerrar los ojos ante esas realidades o pretendemos ideologizarlas,
explicarlas de alguna manera simplista (con esquemas
de buenos y malos) o bien caemos en la tristeza y el
desánimo que nos parecen inevitables. Además
estas experiencias de ruptura, de desgarro e incluso
de violencia se dan en muy diversos niveles (entre naciones,
entre grupos sociales, étnicos o religiosos, en
el
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interior de
las familias...). En ese contexto podemos (y debemos)
preguntarnos si nosotros, como carmelitas
(religiosos, religiosas, seglares) tenemos algo que ofrecer
en este sentido a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Para ello, debemos plantearnos en primer lugar si nuestro
carisma tiene algo que ver con la reconciliación
y el perdón de lo que está tan necesitado
el mundo de hoy. Este pequeño trabajo (sin notas
ni precisiones técnicas) pretende ser una humilde
aportación a esa reflexión.
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Tradicionalmente
la teología y la piedad
cristianas han indicado que Cristo instituyó la eucaristía
en la última cena con sus discípulos, antes
de su pasión. Es verdad. Pero hoy la teología
tiende a hablar de un origen más amplio que no se
reduce solamente a la última cena (momento estelar,
fundamental) sino a toda la vida de Jesús y |
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por
ello se habla del “triple origen” de
la eucaristía. La eucaristía, sacramento
central de la vida cristiana, tendría su origen
en primer lugar en las comidas de Jesús con los
pecadores. Estas comidas son tremendamente significativas.
En ellas Jesús simboliza la venida del reino de
Dios (que había sido identificado por
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