vivió veintidós
años en Zamora desterrada y cuando León
XIII otorgó la aprobación Pontificia
a esta Congregación en 1901, la casa de Zamora
fue excluida entre las aprobadas. Todos los intentos
de Bonifacia por unirla al resto de la Congregación
fueron baldíos. Un día se presentó a
la puerta de la casa de Salamanca y le dijeron que
no la conocían. Sus propias hermanas religiosas
fueron el instrumento de Dios para santificar a Bonifacia.
El silencio sobre esta mujer hubiera sido definitivo, si no fuera por una religiosa
llamada Socorro Hernández, que vivió desde que era postulante junto
a Bonifacia hasta la muerte de ésta en agosto de 1905. Esta religiosa
fue escribiendo minuciosamente durante años todo lo que le iba contando
y lo que ocurrió en Zamora: los comienzos de pobreza extrema, los progresos
de nuevas vocaciones, los desaires de las de Salamanca y la santidad heroica
de la vida de la fundadora. Este cuaderno con su testimonio, así como
algunos objetos y documentos, los metieron en una caja de madera y la enterró junto
al altar de la capilla de la Candelaria, al lado de la casa de las religiosas
de Zamora, tras la muerte de la Madre. Socorro y otra religiosa que le ayudó,
Rosario Ferreiro, se juramentaron para no decir a nadie dónde estaba la
caja.
Antes de morir predijo Bonifacia que la casa de Zamora se incorporaría
a Salamanca, como así fue. Un silencio total se cernió sobre Bonifacia,
a pesar de que el entierro de ésta fue una verdadera manifestación
de duelo, que habló bien del cariño que le tenían en la
ciudad.
Silencio
que duró hasta 1936, en que Isabel Sánchez,
la
superiora de la casa de Zamora, que había tenido noticias vagas de la
existencia de la caja, conminó a Rosario Ferreiro (la que ayudó a
enterrarla), única superviviente de aquellos hechos y única conocedora
del secreto, a que le dijera dónde estaba enterrada.