Con
motivo de la beatificación de la fundadora
de las Siervas de San José, Bonifacia Rodríguez,
oí por la radio algo que me resultó insólito
en la historia de las fundadoras de Congregaciones
Religiosas. Las ‘Siervas de San José’ fueron
fundadas el 10 de enero de 1874 por la Beata Bonifacia.
Lo que me llamó la atención fue que oí que
en 1928 un obispo de Buenos Aires preguntó a
estas religiosas sobre quién era su fundadora,
a lo que contestaron que no lo sabían. ¿Cómo
podía ser que una Congregación Religiosa
que se había fundado en 1874, las mismas religiosas
de la Congregación no supieran en 1928 (a poco
más de 50 años de la fundación)
quien era su fundadora?
He leído breves biografías sobre esta beata tratando de descubrir
la verdadera historia y por fin he dado con la clave. Los caminos de Dios nos
sorprenden siempre, pero porque los hombres se lo ponemos difícil a Dios.
El padre de la Beata y Fundadora de las Siervas de San José, Juan Rodríguez,
era un artesano salmantino que murió en 1853, dejando viuda y dos hijas.
La mayor era Bonifacia, la actual Beata y Fundadora. Para subsistir hubo de ponerse
a trabajar de cordonera. Más tarde montó su propio taller, al que
acudieron chicas de la ciudad para aprender el oficio y también por el
testimonio de vida cristiana de Bonifacia. Con este grupo de chicas y ayudada
por su confesor, el jesuita Francisco Butiña, fundó las “Siervas
de San José”, cuyas Constituciones
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y Reglas redactó el obispo de Salamanca, el
carmelita de la Antigua Observancia o calzado, Monseñor
Joaquín Lluch, que llegaría a ser cardenal
de Sevilla.
Si esto es así, tan simple, ¿por qué durante algo más
de 50 años estas Religiosas no sabían quién había
sido su Madre Fundadora? Porque para Bonifacia, a partir de entonces, comenzó una
larga noche oscura: surgieron acusaciones, humillaciones, insubordinaciones,
enfrentamientos. Las miserias humanas de siempre y la soberbia refinada de las ‘perfectas’.
Bonifacia que aguantaba en silencio, ideó una solución humana:
pidió permiso al obispo para fundar una casa en Zamora, esperando que
los malos vientos se calmaran. Las vísperas de su partida reunió a
las hermanas y echándose al suelo les pidió perdón y les
pidió que pasasen por encima de ella y la pisasen. Muchos decenios después,
la hermana Tomasa López, que había sido Vicaria General de la Congregación,
comentaba dolorida y contrita a una monja joven: “Yo la pisé, hija,
yo la pisé”.
Después sobre la memoria de Bonifacia cayó una losa de silencio
que duró hasta 1941. Las religiosas jóvenes de la comunidad en
1883 no supieron más de ella y fueron arrancadas las hojas de las crónicas
de la Congregación que hacían referencia a ella. Se hizo todo lo
posible por borrar su memoria. Durante más de medio siglo las Siervas
de San José desconocieron quién las había fundado.
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