Africa

Escribe un misionero carmelita de nuestra Provincia Bética

Después de conocer algo de Europa y vivir algunos años en América Latina, venir a África suponía para mí una gran incógnita por todos los estereotipos que la sociedad occidental vende, pero indudablemente, la idea de descubrir, conocer, palpar y sentir de cerca la realidad de un nuevo continente me apasionaba.
Ahora, tras un tiempo en estas tierras africanas al margen de imágenes de archivo o fotos fuera de contexto, estoy empezando a descubrir a un pueblo que sufre las inclemencias de la naturaleza, que padece el olvido de sus gobernantes y que no tiene acceso a un mundo de los medios de comunicación. Es real el hambre porque la tierra es pobre, el agua es escasa y son difíciles las formas de conseguir comida; las ayudas del exterior se pierden en el camino o llegan diezmadas, cientos de Instituciones internacionales se pasean por el país intentando colaborar en proyectos que no dan los frutos deseados.

Hay gran tristeza en los ojos de los pobladores y una idea fija en su mente: conseguir la comida para la familia, un reto diario que no siempre se alcanza, aunque todos se tienden la mano y la comparten. Los sueños, las metas, los ideales del hombre occidental no llegan hasta aquí, puesto que la esperanza de estos hombres, mujeres y niños es simplemente comer. Al final, no es sólo comer, basta con sobrevivir hoy para empezar mañana un nuevo día.

Todo está rodeado de fuertes contrastes: frente a la pobreza extrema de la mayoría, existen grandes fortunas y capitales, coches de lujo, haciendas grotescas que se fraguan a la sombra de los que no tienen nada, recordándoles su condición de pobres, tal vez con fondos destinados para ellos, que no llegaron jamás a su destino.

imgMe estoy refiriendo a Burkina Faso, uno de los países centro africanos con menor renta per capita del planeta, pero con un gobierno de treinta y cinco ministerios con sus correspondientes ministros, burocracia del todo innece-saria dada la realidad que se vive, absorbiendo así la poca economía del país que debería ser más distributiva.
En la ciudad todos se levantan a buscar comida, la venta ambulante es la gran esperanza, por eso todos intentan vender algo, pero hacer colas en algunas oficinas del Estado o deambular por los alrededores de la gran em-presa nacional que comercializa el algodón, son otras de las posibilidades junto a la caza de algún “blanco” de los que hacen turismo barato que siempre están dispuestos a comprar algo.

Un día pregunté a una mujer que siempre veo sentada frente a unos puñados de cacahuetes: ¿por qué sigues viniendo cada día si luego marchas a casa sin haber vendido la mercancía? Y su respuesta fue: “porque no pierdo la espe-ranza de venderlos al día siguiente, de lo contrario, no tendría ninguna razón para levantarme en la mañana”.
Es sobrecogedor verlos trabajar, no me canso de mirarlos; derrochan paciencia, constancia e ingenio frente a la carencia de medios. Sin herramientas de precisión y sin maquinarias construyen todo tipo de artesanía, utensilios o muebles, que aunque no pasarían un control de calidad, reflejan lo que podrían llegar a desarrollar con los medios necesarios.

En las aldeas y en el campo la vida es diferente, todos trabajan, mujeres, hombres, niños o ancianos, cada uno sabe lo que tiene que hacer: transportar agua, buscar leña, robarle a la tierra una miseria de granos o vegetales con los que alimentarse, moler el grano, procurar que los animales puedan comer... Todos con paciencia, constancia, en la más absoluta pobreza viven y esperan.
Los primeros meses me preguntaba ¿y dónde está Dios? no podía verlo porque me lo ocultaba una realidad que no aceptaba, pero hoy, después de una lectura más real, objetiva y meditada, he de decir que este contexto que asusta al principio, llega a asumirse y a integrarse en la propia vida, y lo que antes era rechazo se ha convertido en una imagen clara del rostro de Dios en medio de este pueblo. Un Dios que no sólo se ve, sino con el que uno se tropieza a cada paso.
Quizás desearía que Jesucristo estuviera más presente, pero la mayoría del país es musulmán y apenas una minoría conoce la Buena Noticia, pero no importa, porque el Dios que nos muestra Jesús, lleno de misericordia, el Padre amoroso que cuida de sus hijos está aquí y esta pequeña minoría católica da fe de ello.

En todo este tiempo he ido gestando un respeto profundo hacia esta religión y cultura que sostiene y alienta la fe y la vida de este país. Hombres y mujeres encuentran en el Islam la esperanza que necesitan para vivir. A la hora de la Oración se descubre un pueblo completamente entregado a su Dios, no sólo en la gran multitud de mezquitas que pueblan el país, sino en la calle, en el lugar de trabajo o en el campo, cualquier lugar es propicio para cumplir con los preceptos del Islam.
También se podría hacer una lectura negativa de esta religiosidad, pero sería demasiado fácil e injusto con este pueblo que cree en Dios y encuentra en Él el apoyo y la resignación para seguir adelante. Para mí no hay duda que Dios, Padre de Jesucristo por medio del Espíritu Santo mantiene encendida la llama de la esperanza en el corazón de estas personas que viven en un contexto hostil y lleno de necesidades.

Llama poderosamente la atención comprobar la convivencia armónica de las diferentes creencias, pues cristianos, ani-mistas y musulmanes se integran en una misma cultura que los asume como pueblo y les permite trabajar juntos en la construcción de una sociedad mejor. No se me olvida que una de las primeras veces que estaba en la comunidad del noviciado, observé que mientras daba la clase a los novicios, en el patio había alguien en su alfombra orando y al preguntar quién era me dicen: “es nuestro vigilante que como buen musulmán realiza la oración de la mañana”.

En medio de esta realidad, la comunidad católica vive su fe y hace presente a Jesucristo en su condición de minoría, lo que le permite ser una comunidad cohesionada en torno a sus pastores, ganándose generalmente el respeto y la valoración de los no católicos. El número de bautismos de adultos crece cada año ayudando a que la Iglesia pueda estar más presente en la vida de la sociedad.
La Evangelización realizada a lo largo de estos cien años, fundamentalmente por los PP. Blancos en África pone de manifiesto una tarea bien realizada y la culminación de un carisma que nace para África. Uno de estos padres lleno de sabiduría y experiencia nos decía que si el Espíritu suscitó este carisma para traer la Fe a éste continente y la misión ha sido cumplida, no importa que el carisma desaparezca para dar paso a otro.

05Cada día las congregaciones religiosas están más presentes en todo el continente africano, pero quizás la escasez de religiosos y religiosas les pueda llevar a una excesiva preocupación por admitir vocaciones, corriendo el riesgo en algún caso de olvidarse de la tarea primordial que es la evangelización. Pero a pesar de este peligro están dando la vida, mos-trando un rostro joven y atrayente de Jesucristo. Aunque un obispo de otro país africano, con menor índice de católicos comentaba: “las congregaciones religiosas se resisten a venir a mi país porque no hay muchas vocaciones”.

No pretendo hacer un análisis de Burkina Faso, simplemente es el comentario de un observador privilegiado que des-cubre detrás de la pobreza, el alma de unas personas que han decidido seguir viviendo a pesar de la realidad que los aplasta. Contaba un anciano con lágrimas en los ojos: “entre todos los miembros de la familia, hemos conseguido el dinero para que uno de nuestros hijos intente llegar a Europa
-en patera- con la esperanza que lo logre, aunque sabemos que puede morir como otros, pero si lo logra, la familia saldrá adelante...”.
La visión de esta realidad desborda y me lleva, incluso, a sentir miedo a dañarlos con mis pensamientos claros, las ideas fijas o mis palabras seguras, en las que siempre he puesto la confianza, pero que aquí no sirven de nada. De lo que sí me siento seguro es que el Señor ama a los más pobres, a los más indefensos de la tierra y los protege, reflejo del pecado e incapacidad de un primer mundo que genera desigualdad para ellos seguir creciendo.

Frente a todo esto que en un principio supone impotencia, hoy me lleva a intuir la necesidad de amortiguar el dolor de este pueblo con la fuerza de la oración; quizás sea algo simplista, quizás la visión paternalista con la que podemos acercarnos a estas tierras se estrella, pero las soluciones macroeconómicas y estructurales nos superan. Los organismos internacionales y las ONG del mundo entero colaboran en proyectos sociales, la propia Iglesia católica aporta una ayuda constante y eficaz en todo el continente, las órdenes, congregaciones e institutos religiosos mantienen obras sociales eficaces.

Todo esto es bueno y no sólo hay que mantenerlo, hay que incrementarlo, pero no podemos quedarnos a mitad de camino, porque nuestra mejor ayuda, nuestra mayor capacidad de lucha, nuestro espíritu de transformación y nuestro gran tesoro es la oración.
Se trata de pasar de los grandes edificios y estructuras que deslumbran a los pequeños y los atraen, a hacernos presente como comunidades de oración que saben vivir pobremente en medio de ellos en humildad y servicio, atrayendo a los pequeños por nuestro espíritu orante y una vida de trabajo llevada en pobreza, más que por una oferta errónea de promoción humana, aunque sea espiritual.

“Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos porque e-llos poseerán en he-rencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran porque serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados”.
(Mateo 5, 3-6)

Alejandro Peñalta Mohedano, O. Carm.