| Querida Madeleine:
Aunque no sé a dónde dirigirte esta carta, te cuento que comenzamos hoy una nueva sección de nuestra revista en la que iremos mandando una serie de cartas a algunas personas y personajes de todo tipo.
Cuando le comentaba al P. Alfonso Moreno el sentido de estas cartas, tenía muchos personajes en mente, pero cuando me he puesto a escribir he pensado en ti, la primera.
Te secuestraron en Portugal el pasado 3 de mayo y desde entonces la policía te busca por todas partes. Tus padres (Kate y Gerry McCann), que os llevaron al Algarbe con la ilusión de que pasarais unas bonitas vacaciones, están haciendo unos esfuerzos enormes por encontrarte. Han visitado incluso al Papa.
Mucha gente se ha interesado por ti y han ofrecido dinero para quien pueda dar una pista fiable de tu paradero. Esto que ahora te escribo en julio, saldrá en septiembre. Ojalá que entonces hayamos celebrado ya tu liberación. Ojalá que no te queden huellas. Ojalá que Dios te dé la fuerza de superarlo y olvidarlo todo, y tus padres te puedan abrazar de nuevo.
Pero hoy, mirando tu foto, tus ojillos infantiles que todavía casi no se han acostumbrado a ver este mundo, mirando tu carita de una niña de cuatro años, frágil, llena de vida, llena de futuro... quiero pedirte perdón en nombre de nosotros, de los mayores, de la sociedad y del mundo en los que te ha tocado vivir.
Y no es que todos los mayores sean malos, no. Hay muchos hombres y mujeres buenos, Madeleine, como tú sabes por tus padres y tus profesores; hombres y mujeres que trabajan por un mundo mejor, que aman, que se ilusionan, que ayudan.
Te pido perdón por una sociedad que idolatra el dinero, el placer, el dominio; por una sociedad que cree que todo se puede supeditar al egoísmo y que luego se rasga las vestiduras cuando alguien lleva eso a sus últimas consecuencias.
Te pido perdón porque tenemos una sociedad enferma, vieja, egoísta. Y con lágrimas, de pena y de rabia, le pido al Buen Dios por ti. Que cuide de tu carita de porcelana y de esos ojos verdes tan hermosos. Seguimos esperándote, Madeleine.
Tuyo afectísimo.
FERNANDO MILLAN ROMERAL,
O.CARM
|